4 de noviembre, 1953

 

 

Estoy en la cafetería Eos y desde aquí veo el callejón Schützengasse. Fue una necesidad para mí bajar en esta estación, no sólo para entrar en calor –hace un tiempo frío y lluvioso de noviembre que penetra en los huesos–, si no para estar nuevamente aquí, realmente presente, no sólo en el pensamiento. Ciertamente es  como volver a casa –después de 13 años, pero me quedaré tan sólo una hora–. En el cementerio se me ocurrió la idea y la llevé acabo. Ahora estoy aquí, pero ya no pertenezco a este lugar. Y aún así no me siento extraña aquí, de cierto modo todo me es familiar; incluso en sueños encontraría el camino. ¿Habrán reconstruido la casa? En todos estos años, desde 1945, no lo habían hecho; por mucho tiempo sólo estaban las ruinas, justo la mitad de la casa. Nueve años viví aquí, años difíciles y tristes.

 

Hoy llegué a tiempo, quería estar en el cementerio a la hora exacta de la muerte, nueve y diez escribieron en el acta de defunción. En aquel entonces, cuando Kurt murió, debe de haber sido un día soleado. Christian seguramente todavía se acuerda. La madre de Kurt y yo nos quedamos toda la noche en el hospital, Christian también, luego él se fue temprano en la mañana, también la madre, y entonces me quedé sola por un tiempo, quizá media hora. Christian regresó, poco antes de las nueve. Como si Kurt hubiera esperado su llegada, también la ausencia de su madre para evitarle el dolor, murió en mis manos. Mi mano derecha en su mano derecha. Sentí su última agonía, las convulsiones y no pude hacer nada. Me sentí completamente indefensa. Desesperada llamé al médico, quien llegó justo después de su muerte y sólo confirmó lo que ya sabía. Así fui entregada a Christian, casi formalmente, y todos estos años me ha sido fiel. Desde entonces vivimos juntos, unidos por todo lo difícil que pasamos juntos. Hoy, a veces, me sucede que no distingo bien entre los dos matrimonios. Era una línea, ciertamente ondulada, pero no hubo nada más que marcara tan profundamente mi vida. Todo lo demás se quedó al margen, aún cuando el dolor a veces fue muy profundo.

Hoy estoy contenta que todo pasara como pasó, estoy en paz y no lo quisiera diferente. Ciertamente, me hubiera gustado que la enfermedad de Kurt no hubiera sucedido, aún cuando nos acercó más el uno al otro y a él lo cambió de alguna manera. Al final nos quedamos prácticamente solos, los amigos ya no venían, unos por razones políticas, otros tal vez por miedo, pero Christian le fue fiel hasta el final. En los últimos tiempos, cuando Kurt ya se había quedado solo, yo estaba poco en casa, odiaba la oficina, porque por ella no me quedé la última mañana con él. Fue una mala noche, estaba cansada y casi impaciente. Kurt no podía dormir y a cada rato me despertaba. Aún hoy quiero gritar de desesperación por lo tonta e ingenua que fui. Por mucho tiempo no me lo pude perdonar. En la mañana me pidió quedarme con él. ¡Si tan sólo lo hubiera hecho! Cuando finalmente volví al mediodía, él ya no estaba consciente o sólo por breves momentos. Después se durmió y ya no despertó del mediodía del sábado hasta el lunes en la mañana, cuando finalmente fue liberado. Cuántas cosas hice mal; era demasiado joven, tonta e inmadura para él. No lo sé. Creo que nunca tendré la respuesta. Pero jamás quiero volver a lastimar a una persona a la que quiero, jamás.

 

Hilda Broda

 

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