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Viena, 1 de diciembre, 1995

 

Nieva y oscurece temprano. Estoy en el asilo de mi abuela, dormiré unas noches aquí. Es la primera vez que no llego a la casa que está vacía desde hace seis meses. Ayer fui y no quise quedarme hasta el anochecer. Sentí que la casa era más fuerte que nosotros, fue inquietante.

 

Tomé fotos. Había un silencio casi total. No quise mover nada antes de fotografiarlo. Sentí respeto por el orden de los objetos, la caída de las telas que cubren las camas, los sillones. Parece que las vivencias se quedaron en el aire, en las cosas. Sentí vértigo.

 

Cada uno de mis movimientos tiene ese extraño sabor de los rituales.

 

Viena, 10 de diciembre, 1995

 

Empiezo a abrir los armarios. Encuentro los objetos que Omama acumuló a lo largo de tantos años. Su orden me habla de obsesiones. Miles de pedacitos de telas de vestidos, abrigos, cortinas. Cajas y más cajas vacías, bolsitas de plástico, todas las llaves de la casa. Sobres de azúcar de hoteles, recortes de periódicos, muchos artículos sobre mi abuelo. Las agendas en las que Omama habla del clima, sus dolores, las llamadas, las visitas. Cuadernos que empezaba como diarios, escribía unas páginas y luego dejaba en blanco. Todos los álbumes de Omama y su hermana desde que eran niñas. Muebles llenos de fotos y cartas de la familia y de gente que no conozco.