Borrarme, borrar mis deseos. Esperar que mi madre vuelva, esperar que me quiera sin condiciones, me proteja, esperar. Sigo esperando. ¿Por qué tardé tanto en entenderlo? Mis hijos me ponen en ese escenario. Ir y venir de esa escena sin cesar, no poder detenerme. Por eso el agotamiento. Por eso la ira.

 

Esta es una historia donde convergen dos tiempos y yo transito de uno a otro sin pausa.

 

El sueño, la angustia, el miedo, la depresión, la rabia, todo me lleva a esto que parece urgirme descubrir. Necesito toda mi energía para salir de esa escena que aún está en penumbra, volver al presente. Hay algo que mi cuerpo no me deja ignorar, es como si gritara y tengo que escuchar. No parece haber espacio para nada más que las fotos, mis hijos, y este proceso.

 

Por primera vez, confiar en mi cuerpo, la ira como un sentimiento vital que conduce al centro de la historia. Tratar de salir de ese remolino de confusión que aprendí a crear para no sentir el dolor. Poder respirar. Como si mi cuerpo hubiera despertado, y me convocara una y otra vez a ese túnel que voy recorriendo muy despacio y que lleva a mi infancia.

 

Inicié Kinderwunsch pensando que se trataba del deseo de tener niños. Después de seis años, me doy cuenta de que ha sido el proceso de acceder a mi propio deseo. Para vivir el presente con mis hijos tengo que transitar ese escenario oscuro y doloroso, encontrar mi lugar a su lado. Un proceso en el que presente y pasado se entrelazan todo el tiempo.

 

Habitar la escena. Volver a ser la niña. Sentir lo que sentía. Anoche desperté aterrada. Creí haber oído la voz de una niña llamar: mamá, mamá. Escucho la respiración pausada de mis hijos. Quiero acompañar a la niña, abrazarla como abrazo a Lucio antes de dormir, sentir cómo su cuerpo, poco a poco, cede al sueño, tranquila, protegida.